Charlie y la fábrica de chocolate

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Si existe una película que realmente refleje el Espíritu Navideño, pese a no tratar sobre la Navidad, esta es Charlie y la Fábrica de Chocolate, una historia del británico Roald Dahl que Tim Burton llevó a la gran pantalla en 2005 con la ayuda de su “muso” Johny Deep.

La trama, infantil pero a la vez oscura y estremecedora, se centra en Charlie Bucket, un niño extremadamente pobre que gana una entrada dorada para visitar la fábrica de dulces de Willy Wonka, en la que los extraños Oompa Loompa crean las golosinas más exquisitas que podrían imaginarse (caramelos que nunca acaban, chicles que no pierden su sabor y toda clase de chucherías realizadas con la tecnología más avanzada.
Otros 4 niños acompañan a Charlie en su viaje, cada uno representando un estereotipo infantil: el goloso (un niño obeso cuya única obsesión es la comida), la caprichosa (que recibe de sus padres cualquier cosa que pide) , el solitario (obsesionado con la televisión) y la maniática (cuyo objetivo es batir el récord de mascar chicle). A lo largo del tour por la fábrica, se mostrará cómo los vicios de los niños los llevan de un modo simbólico a su autodestrucción, hasta que sólo quede Charlie, un niño discreto,  cariñoso, encantador  y absolutamente pobre.

Finalmente, se revela que el tour por la fábrica era una táctica del Sr. Wonka para elegir al heredero de su imperio, Charlie, que, gracias a su buen corazón, no volverá a ser pobre nunca más.

Esta historia, como tantos otros clásicos de la Navidad, tiene un profundo sentido moral: la bondad está por encima de todo y, sobre todo, la bondad siempre es recompensada.

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