Los Reyes Magos según Lewis Wallace

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Los Reyes Magos

«En aquel momento empezaba la tercera guardia, y en Belén la mañana amanecía sobre las montañas del Este, pero tan débilmente que en el valle todavía era de noche. El guardián situado en el tejado de la vieja posada, tiritando de frío, estaba escuchando los primeros sones con los cuales la vida, despertando de nuevo, saluda al nuevo día, cuando vio una luz que ascendía por las colinas en dirección a la casa.

Al principio supuso que sería una antorcha llevada por la mano de algún viajero; inmediatamente después, pensó que sería un meteoro; sin embargo el punto luminoso fue creciendo hasta convertirse en una estrella. Aterrorizado rompió a gritar y pronto todos los que estaban entre los muros de la posada subieron al tejado. El fenómeno con un movimiento irregular, seguía acercándose. Poco después, la posada y sus alrededores aparecían iluminados por un resplandor intolerable. Quienes se atrevieron a mirar la estrella la vieron detenerse precisamente sobre la casa situada frente a la cueva donde el Niño había nacido.

En el punto culminante de esta escena, llegaron los tres Magos, se apearon de sus camellos frente a la puerta y pidieron permiso para entrar. Cuando el guarda pudo dominar su terror y prestarles atención, descorrió la tranca y les permitió entrar.

– ¿No es allí Belén de Judea?, preguntaron.
– No, pero esta es la posada de Belén; la ciudad está un poco más adelante.
– ¿No hay aquí un Niño recién nacido?

Los circunstantes se miraron unos a otros maravillados, y algunos contestaron:

– Sí, sí.
-¡Enseñádnoslo!, dijo el griego, impaciente.
-¡Enseñádnoslo!, exclamó Baltasar, abandonando su habitual gravedad; porque hemos visto su estrella, la misma que se ve ahora encima de la casa, y hemos venido para adorarle.

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El hindú juntó las manos en adoración, exclamando:

-¡Dios existe! ¡Apresurémonos! ! ¡Apresurémonos! ¡Hemos encontrado al Salvador! ¡Benditos, benditos somos por encima de todos los hombres!

La gente que se hallaba en el tejado descendió inmediatamente y todos siguieron a los extranjeros mientras eran conducidos a través del patio hasta el cercado.

Al ver la estrella todavía suspendida sobre la cueva, aunque menos brillante que antes, algunos retrocedieron asustados, pero la mayoría siguieron adelante. A medida que los extranjeros se acercaban a la casa, la estrella iba ascendiendo y cuando llegaron a la puerta había alcanzado ya gran altura, hasta que desapareció de la vista en el momento en que entraron. Ante lo cual cundió la convicción de que existía una relación divina entre la estrella y los extranjeros, cuya relación se extendía también, al menos, a algunos de los ocupantes de la cueva. Cuando la puerta se abrió todos se apretujaron para entrar.

La habitación estaba iluminada por una linterna que daba la luz suficiente para que los extranjeros pudiesen distinguir a la Madre y al Niño, que estaba despierto en su regazo.

– ¿Es tuyo el Niño?, preguntó Baltasar a María.

Y la Mujer, que en su corazón había estado guardando todas las cosas que al pequeño se referían, lo levantó hacia la luz diciendo:

– Es mi hijo.

Y los tres extranjeros cayeron de rodillas y lo adoraron.

Vieron que el Pequeño era como los otros niños. No rodeaba su cabeza nimbo alguno ni corona material. Sus labios no se abrían para hablar. Si oyó sus expresiones de alegría, sus invocaciones y sus plegarias no lo demostró en modo alguno, sino que, como un niño que era, fijó más su atención en la llama de la linterna que en ellos.

Poco después se levantaron, y volviendo al lugar donde estaban los camellos, trajeron dones de oro, incienso y mirra, y los dejaron a los pies del Niño sin dejar de pronunciar exclamaciones de adoración, de las cuales la tradición no ha conservado ninguna».

Autor: Lewis Wallace
Libro: Ben Hur

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