Tarjeta de Navidad de 1914 entregada 93 años después

Vintage 1914 American Christmas card with hand-colored illustration of Santa Claus and a little girl by a fireplace, soft ...

Hay un sobre amarillento que en diciembre de 2007 cayó en el buzón de una casa de Oberlin, Kansas. Tenía un sello de un centavo, el dibujo borroso de un Papá Noel coloreado a mano y el nombre de Ethel Martin escrito con caligrafía antigua. La carta había salido de Alma, Nebraska, en diciembre de 1914 y tardó noventa y tres años en llegar. Cuando por fin la abrieron, Ethel ya llevaba décadas muerta.

La historia parece de cuento, pero apareció en la prensa estadounidense y la recogió El País en su día. Es una de esas anécdotas navideñas que se cuelan entre las tradiciones de toda la vida y que, mientras hablamos de polvorones, abeto y cenas familiares, recuerdan algo que igual se nos olvida con tanta felicitación por WhatsApp: las tarjetas de Navidad fueron, durante más de un siglo, un puente físico entre familias separadas por kilómetros y años.

El sobre que cruzó el siglo XX entero

La tarjeta la enviaron unos primos de Ethel Martin que vivían en Alma, Nebraska. Eran las Navidades de 1914. En Europa estaba estallando la Primera Guerra Mundial, en Estados Unidos Woodrow Wilson cumplía su segundo año en la Casa Blanca y el dibujo de Papá Noel se imprimía en color sobre papel rígido, coloreado en parte a mano, con esa estética entre Coca-Cola temprana y postal de feria. El sello costaba un centavo. Lo metieron en el correo y la felicitación echó a andar.

Lo que ocurrió a partir de ahí nadie lo sabe. La tarjeta no llegó en 1914, ni en 1915, ni en ninguna de las nueve décadas siguientes. Se desvaneció. Un buen día de finales de 2007, alguien la encontró, posiblemente en algún rincón de Illinois, según supuso después la familia. La metió en un buzón y el servicio postal estadounidense decidió hacer algo bonito en lugar de tirar la carta a la basura: pegarle un sello moderno encima del antiguo de un centavo y entregarla.

El cartero que la llevó a casa de los Martin se llamaba Schultz. Reconoció ante la prensa local que no entendía dónde había estado todo ese tiempo, ni cómo era posible que ningún empleado de correos la hubiese descartado en casi un siglo. La tarjeta estaba en perfecto estado, con el dibujo intacto y la tinta legible.

Para quién iba la felicitación

Ethel Martin nació, vivió y murió en Oberlin sin llegar a leer aquella tarjeta. La carta iba dirigida a ella y la firmaban sus primos de Alma. Cuando el USPS llamó a la puerta de la familia Martin, fue la cuñada de Ethel quien recibió el sobre.

Imagina la escena un momento. Estás en casa, en pleno diciembre, a punto de cenar o haciendo cualquier cosa. Llaman a la puerta. Es un cartero con una tarjeta de hace noventa y tres años dirigida a tu cuñada, fallecida hace décadas, escrita por unos primos que tampoco están. La sostienes, la abres con cuidado y de pronto la habitación se llena de personas que ya no existen. Es ese tipo de momento que no aparece en las películas de Navidad pero que ocurre, de vez en cuando, en una casa cualquiera de Kansas.

Por qué una carta puede tardar tanto

Las felicitaciones extraviadas son un género en sí mismo. El correo, por mucho que se modernice, sigue siendo un sistema con miles de manos por las que pasa cada sobre, miles de centros de clasificación, vagones, camionetas, contenedores y buzones. Una tarjeta que se cae detrás de una caja en 1914 en una oficina postal de Illinois puede aparecer noventa y tres años después porque alguien movió un mueble, jubiló una vieja cajonera o derribó un edificio.

Otras veces, los sobres se quedan atrapados en sacas que se guardan «para más tarde» y nadie revisa. Hay también casos de empleados que se llevan correo a casa por error, lo guardan y aparece décadas después, a veces ya muertos quienes lo guardaron, en una mudanza familiar. Y luego está la posibilidad menos romántica, y es que alguien encontrara esa tarjeta en un álbum, la metiera en un buzón pensando que era una broma simpática, y el USPS la tratara como una pieza de patrimonio.

Otras cartas que también llegaron tarde

La historia de los Martin no es única. En distintos países se han documentado casos parecidos. En Reino Unido, una postal enviada por un soldado británico en 1916 llegó a su familia en 2014, también casi un siglo después. En Suecia, una carta de amor de los años cuarenta apareció dentro de un viejo libro y la familia decidió entregarla al destinatario, que aún vivía. En España, la prensa local recoge cada cierto tiempo cartas que tardan veinte, treinta o cincuenta años en llegar, normalmente después de la rehabilitación de un edificio o el cierre de una sucursal de Correos.

Buzón americano nevado al atardecer con una carta navideña antigua dentro
Tarjeta de Navidad de 1914 entregada 93 años después 2

Lo curioso es que cuando una felicitación así reaparece, el receptor casi nunca está. La carta llega a hijos, sobrinos o cuñados, gente que conocía vagamente a quien la firmó, y el sobre acaba en una caja de recuerdos familiares. Funciona como una pequeña máquina del tiempo doméstica.

La tarjeta de Navidad en su momento de gloria

Para entender por qué un sobre como el de Alma a Oberlin tenía tanta carga sentimental hay que recordar lo que significaba enviar una tarjeta de Navidad a principios del siglo XX. Las primeras felicitaciones impresas son británicas, de 1843, obra de Henry Cole. Cuarenta años después ya eran un fenómeno comercial en Estados Unidos. Empresas como Hallmark, fundada en 1910, hicieron de la postal navideña un objeto al alcance de cualquiera.

En 1914 las familias norteamericanas estaban separadas por distancias enormes. Mucha gente había emigrado al medio oeste o al oeste, lejos de los pueblos donde se habían criado. Mandar una tarjeta a unos primos de otro estado era el equivalente emocional a una llamada de teléfono de hoy, porque confirmaba que seguías ahí, que les recordabas en una fecha concreta, que aunque no te vieran les pensabas. Los Martin de Kansas y sus primos de Nebraska estaban a casi quinientos kilómetros. Ese sello de un centavo cubría todo el trayecto.

De la postal de papel al felicitar por WhatsApp

Cien años después seguimos felicitando en Navidad, pero la tarjeta física se ha convertido en una rareza casi nostálgica. Lo habitual hoy es enviar audios, vídeos y mensajes por móvil, y de hecho dedicamos posts enteros a originales felicitaciones navideñas por WhatsApp o a cómo se dice Feliz Navidad en distintos idiomas. Es más rápido, llega en segundos y no hay riesgo de que se pierda durante noventa y tres años en el almacén de una oficina de Correos.

A cambio, hemos perdido eso que tenían las tarjetas, que era el peso del papel, el bolígrafo de la abuela, el sello del año, la firma temblorosa, el sobre que se guardaba en un cajón. Una felicitación de WhatsApp se borra al cambiar de teléfono. Una postal de cartulina, no.

Hay quienes mantienen la costumbre de enviar tarjetas físicas a la familia más cercana por ese motivo, para dejar algo material que se pueda guardar en una caja y reaparecer dentro de cincuenta años. La historia de la felicitación de la Casa Real española es un ejemplo de este formato que aún se resiste a desaparecer.

Lo que nos dejó la tarjeta de Ethel Martin

La anécdota de la postal de 1914 dio la vuelta a la prensa estadounidense por una mezcla de factores, como lo improbable del retraso, lo conmovedor del destinatario fallecido, el detalle del sello cambiado por el USPS y, sobre todo, el aire de cuento navideño que tiene todo. Es la clase de noticia que aparece a mediados de diciembre y le sirve a las redacciones para cerrar los telediarios con una sonrisa.

Pero por debajo del titular hay algo más. Esa tarjeta, durante noventa y tres años, estuvo en silencio en algún sitio. Y cuando reapareció, alguien decidió no descartarla. Cualquiera que se la hubiera encontrado en 2007 podía haberla tirado, porque la destinataria llevaba tiempo muerta y la felicitación ya no servía para su función original. En lugar de eso, la metieron en un buzón. El USPS la trató con cariño. La familia Martin la guardó. Y la noticia llegó hasta aquí, a un blog que escribe sobre Navidad en el otro lado del Atlántico, casi veinte años después.

Preguntas frecuentes

¿Quién recibió finalmente la tarjeta de Navidad enviada en 1914?

La cuñada de Ethel Martin, en Oberlin (Kansas), porque Ethel ya había fallecido cuando la tarjeta llegó a casa en 2007.

¿Por qué el servicio postal estadounidense entregó una carta tan antigua?

El USPS decidió respetar al destinatario original como gesto simbólico, aunque tuvo que sustituir el sello de un centavo por uno actual para que la pieza pudiese pasar por su sistema moderno de clasificación.

¿Es habitual que una tarjeta de Navidad tarde tanto en llegar?

No, pero ocurre con cierta frecuencia. Los casos documentados suelen tener entre veinte y cien años de retraso, normalmente por extravíos en oficinas postales, sobres atrapados detrás de muebles o cartas que aparecen en mudanzas y rehabilitaciones de edificios.

¿De dónde se cree que estuvo la tarjeta todo ese tiempo?

La familia Martin sospechaba que la tarjeta pasó casi un siglo extraviada en algún punto del estado de Illinois, aunque el USPS no pudo precisar nunca el lugar exacto.

¿Cuándo empezaron a popularizarse las tarjetas de Navidad impresas?

Las primeras son británicas, de 1843, obra de Henry Cole. En Estados Unidos se popularizaron a finales del siglo XIX, y empresas como Hallmark, creada en 1910, las hicieron accesibles para cualquier familia.

¿Sigue mereciendo la pena enviar tarjetas físicas de Navidad hoy?

Para muchas familias sí, sobre todo a abuelos y parientes mayores, porque la tarjeta queda guardada en una caja durante años y conserva la letra y la firma de quien la mandó. Para amigos y contactos rápidos, lo habitual hoy es felicitar por WhatsApp o por mensaje de vídeo.

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