Hay cuentos que no envejecen porque saben hablarle al corazón con la misma fuerza a cualquier generación. «La niña de los fósforos», del escritor danés Hans Christian Andersen, es uno de esos relatos que atraviesan los siglos convertidos en clásico imprescindible de la literatura navideña. Publicado por primera vez en diciembre de 1845 en el almanaque Dansk Folkekalender, este breve cuento se ha traducido a más de cien idiomas y sigue siendo una de las piezas literarias más leídas en Nochebuena en todo el mundo.
Su historia, aparentemente sencilla, esconde una denuncia social feroz envuelta en ternura: la de una pequeña vendedora ambulante que muere de frío la noche más luminosa del año, mientras a pocos metros las familias celebran entre asados, abetos y villancicos. Andersen, hijo de un zapatero pobre y de una lavandera alcohólica, conocía bien el hambre de los niños de las calles de Copenhague y Odense. Por eso su cuento es, a la vez, una plegaria, una acusación y un consuelo.
Contexto: Andersen, 1845 y la moraleja social del cuento
Hans Christian Andersen (1805-1875) escribió Den Lille Pige med Svovlstikkerne (literalmente, «La pequeña niña con los fósforos») inspirándose, según confesó en sus memorias, en un viejo grabado que representaba a una niña harapienta vendiendo cerillas bajo la nieve. Pero la verdadera semilla del cuento estaba en un recuerdo familiar: su propia madre, Anne Marie, había sido enviada de niña a mendigar por las calles y castigada si volvía sin monedas. Esa herida íntima se transforma en literatura universal.
En la Dinamarca de mediados del siglo XIX, la pobreza infantil era una realidad cotidiana. Miles de niños trabajaban en fábricas, vendían mercancías en la calle o mendigaban para sobrevivir. Andersen, que había conocido esa miseria en primera persona, utilizó el cuento de Navidad, un género entonces en pleno auge gracias a Charles Dickens (Canción de Navidad se había publicado dos años antes, en 1843), para sacudir la conciencia de sus lectores burgueses. La pequeña protagonista muere no por culpa del frío, sino por la indiferencia de quienes pasaron a su lado sin mirarla.
La niña de los fósforos: cuento completo de Hans Christian Andersen
Versión clásica en español del relato original de Andersen, adaptada para lectura familiar en Nochebuena.
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto.
¡Pobre niña! Los copos de nieve se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos. Veía bullir las luces a través de las ventanas; el olor de los asados se percibía por todas partes. Era el día de Nochebuena, y en esta festividad pensaba la infeliz niña.
Se sentó en una plazoleta, y se acurrucó en un rincón entre dos casas. El frío se apoderaba de ella y entumecía sus miembros; pero no se atrevía a presentarse en su casa: volvía con todos los fósforos y sin una sola moneda. Su madrastra la maltrataría, y, además, en su casa hacía también mucho frío. Vivían bajo el tejado y el viento soplaba allí con furia, aunque las mayores aberturas habían sido tapadas con paja y trapos viejos.
El primer fósforo: la chimenea encendida
Sus manecitas estaban casi yertas de frío. ¡Ah! ¡Cuánto placer le causaría calentarse con una cerillita! ¡Si se atreviera a sacar una sola de la caja, a frotarla en la pared y a calentarse los dedos! Sacó una. ¡Rich! ¡Cómo alumbraba y cómo ardía! Despedía una llama clara y caliente como la de una velita cuando la rodeó con su mano. ¡Qué luz tan hermosa! Creía la niña que estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente. ¡Ardía el fuego allí de un modo tan hermoso! ¡Calentaba tan bien!
Pero todo acaba en el mundo. La niña extendió sus piececillos para calentarlos también; mas la llama se apagó: ya no le quedaba a la niña en la mano más que un pedacito de cerilla.
El segundo fósforo: el pavo asado

Frotó otra, que ardió y brilló como la primera; y allí donde la luz cayó sobre la pared, se hizo tan transparente como una gasa. La niña creyó ver una habitación en que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso. ¡Oh sorpresa! ¡Oh felicidad! De pronto tuvo la ilusión de que el ave saltaba de su plato sobre el pavimento con el tenedor y el cuchillo clavados en la pechuga, y rodaba hasta llegar a sus piececitos. Pero la segunda cerilla se apagó, y no vio ante sí más que la pared impenetrable y fría.
El tercer fósforo: el árbol y el nacimiento

Encendió un nuevo fósforo. Creyó entonces verse sentada cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreír a la niña. Esta, embelesada, levantó entonces las dos manos, y el fósforo se apagó. Todas las luces del nacimiento se elevaron, y comprendió entonces que no eran más que estrellas. Una de ellas pasó trazando una línea de fuego en el cielo.
—Esto quiere decir que alguien ha muerto —pensó la niña—; porque su abuelita, que era la única que había sido buena para ella, pero que ya no existía, le había dicho muchas veces: «Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios».
El último fósforo: el encuentro con la abuela

Todavía frotó la niña otro fósforo en la pared, y creyó ver una gran luz, en medio de la cual estaba su abuela en pie y con un aspecto sublime y radiante.
—¡Abuelita! —gritó la niña—. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo, sé muy bien que ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento!
Después se atrevió a frotar el resto de la caja, porque quería conservar la ilusión de que veía a su abuelita, y los fósforos esparcieron una claridad vivísima. Nunca la abuela le había parecido tan grande ni tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios.
Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña entre las dos casas, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo.
—¡Ha querido calentarse la pobrecita! —dijo alguien.
Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos.
Análisis: símbolos, estructura y legado literario
La fuerza de «La niña de los fósforos» reside en su estructura simbólica perfecta. Andersen construye el relato sobre un motivo repetido (la cerilla que se enciende y se apaga) que marca cuatro visiones ascendentes: primero la chimenea (calor del hogar que le falta), después el pavo asado (alimento que no tiene), luego el árbol de Navidad con el nacimiento (la comunidad y la fe que no la acogen) y, finalmente, la abuela (el amor familiar perdido). Cada cerilla representa un deseo humano básico que el mundo real le niega.
El contraste es brutal: mientras dentro de las casas suena la celebración, fuera una niña descalza muere sola. Andersen no moraliza explícitamente; deja que el lector sienta el peso de la injusticia. La frase final —«nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto»— es una acusación velada: los adultos vieron un cadáver, pero ignoraron el drama humano que había detrás.
Este cuento ha inspirado óperas, cortometrajes, ilustraciones célebres (Arthur Rackham, Kay Nielsen) y adaptaciones contemporáneas, desde la película de Disney de 2006 hasta versiones teatrales que se representan cada diciembre en toda Europa. Su mensaje sigue vigente: en plena celebración, no olvidar a quienes celebran solos. Si te apasionan los relatos clásicos para leer junto al árbol, descubre también El Gigante Egoísta de Oscar Wilde, otro cuento navideño con gran carga simbólica, o el hermoso Soldadito de plomo, otra joya de Andersen. Y si buscas una selección más amplia, no te pierdas nuestra guía sobre los cuentos navideños más famosos de la historia.
Preguntas frecuentes sobre La niña de los fósforos
¿Quién escribió el cuento de La niña de los fósforos?
El autor es Hans Christian Andersen (1805-1875), escritor danés universalmente conocido por sus cuentos infantiles, entre ellos El patito feo, La sirenita, El traje nuevo del emperador o La reina de las nieves.
¿En qué año se publicó La niña de los fósforos?
El cuento se publicó por primera vez en diciembre de 1845 en el almanaque danés Dansk Folkekalender, y al año siguiente se incluyó en la colección Nye Eventyr (Nuevos cuentos).
¿Cuál es la moraleja del cuento?
La moraleja es una crítica social a la indiferencia ante la pobreza infantil, especialmente en fechas de celebración colectiva. Andersen invita al lector a mirar a quien sufre alrededor y recordar que la verdadera Navidad empieza con la compasión.
¿Qué simbolizan las cuatro visiones de la niña?
Cada cerilla simboliza un deseo humano esencial: calor, alimento, comunidad-fe y amor familiar. Son los cuatro pilares que la sociedad no supo darle a la niña y que solo alcanza, paradójicamente, al morir junto a su abuela.
¿Es un cuento apropiado para leer con niños?
Sí, aunque con acompañamiento adulto. Su final triste puede impactar a los más pequeños, pero acompañado de diálogo y reflexión se convierte en una herramienta extraordinaria para hablar de empatía, solidaridad y valores navideños.









